“Fresia y el Pingüino” de Nancy Graciela Nasr
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Unas vacaciones de invierno en La Playa del Millón de Peces, durante los años de su adolescencia temprana, le dieron a Fresia una enseñanza que le valió para toda la vida a cerca de la responsabilidad que se debe tener con todo ser vivo.
Contaba Fresia con apenas 11 años y había concurrido a la playa con sus padres y sus tres hermanos menores para controlar y mantener la casa que su familia poseía en aquel lugar tan grato para todos ellos.
A pesar de no ser la temporada estival muchas de las familias que poseían casa se acercaban con sus niños, aunque el padre no siempre se quedaba, para pasar las dos semanas de recesos de clases en invierno.
En esa época era en la que más se afianzaban los vínculos familiares y amistosos, porque las tertulias de la tarde y la noche se suscitaban casi espontáneamente al no tener televisión, que llenara el tiempo libre. Eran usuales los juegos para los que no se necesita nada más que las ganas de jugar como el de Adivinanzas, el Don Pirulero, El Medio limón, el Juego de la Memoria, el Tuti Fruti. U otros con elementos como las Barajas con campeonatos de Chin-Chon y Canasta para los adultos, y juegos de Casita Robada o Chancho Para los niños, o el Ludo. También era habitual armar noches de lotería familiar en las que por una monedita se armaba un pozo que al otro día los niños gastarían en caramelos.
Juegos risas, pequeñas escaramuzas que llevaban a chistes y desafíos entre los adultos daban como resultado ganancias para los niños, que al día siguiente comían alfajores de chocolate, helado, panchos o las cosas más locas que algunos de los padres proponía como premio. Así se pasaban las tardecita y las noches, pero para el día había otros planes.
Fue en las vacaciones del invierno de 1969 que se organizó una excursión de pesca al muelle a las once de la mañana más o menos debido al intenso frío y viento que caracterizó ese invierno. Era menester pasar por la playa para conseguir algunas almejas para que los hombres encarnaran sus anzuelos mientras las jóvenes señoritas pescaban con el medio mundo, especie de colador gigante de redecilla sujeto a una caña muy larga.
Fresia siempre muy dispuesta para es tipo de mandados se ofreció a ir a la playa en busca de los moluscos para el encarne junto con una de sus hermanas menores acompañadas por su madre, mientras el resto del grupo se adelantaba al muelle.
Era un día muy soleado pero de mucho viento sur, el mar en esos días toma una coloración verdosa y de espuma muy blanca, signo para los pescadores de que habría pique de pejerrey, por lo cual Fresia se apuró a llegar a la orilla de arena húmeda para ver los orificios de respiraderos que quedan en la superficie y que denotaban que allí se encontraban las almajas.
Con una palita pequeña y el uso de sus propias manos agarraban con mucho cuidado las almejas y las colocaban en un balde con agua de mar, solo sacarían unas diez o quince que era lo pedido por su padre.
Se encontraban realizando esa tarea cuando de pronto Fresia escuchó un ruido raro a sus espaldas, que no pudo identificar muy bien que era. Nuevamente ese sonido extraño la hizo cambiar su atención hacia dónde provenía, giró y a unos veinte metros de allí, vio algo oscuro de pequeñas dimensiones, no más de treinta o cuarenta centímetros, sobre la playa, que apenas se movía un poco.
Corrió lo más rápido posible dejando atrás a su madre y su hermanita, hasta llegar a su lado. Un pingüinito pequeño era el origen de los ruidos, al parecer estaba en la playa exhausto y extraviado del grupo que todos los años pasa por la costa en su migración hacia las pingüineras del sur. Su ojos tristes Miraban a Fresia como suplicando que no lo dejara, seguramente moriría a merced de perros y gaviotas que ya andaban rondándolo con intención de picotearlo.
Fresia quiso ponerlo de pié pero no le fue posible porque cada vez que lo movía el animal hacía un graznido de dolor. Aparentemente su patita estaba lastimada. Cuando llegó su mamá y su hermana, la jovencita ya lo tenía entre sus brazos y miraba a su madre con ojos tiernos para convencerla que se lo deje llevar a la casa, ayudada por su hermanita que con sus cinco años veía en el un peluche. La madre trato de convencer a Fresia de que desistiera del pedido pero casi fue imposible, solo logro poner el interdicto de la aprobación de su padre, para acceder.
Las tres se dirigieron al muelle donde se hallaba el resto del grupo entre los que se encontraba su papá, y quien daría la última palabra.
Llegaron pagaron la entrada e ingresaron, Fresia no pudo ir despacio, era tal la emoción que casi el corazón se le salía del pecho.
Cuando se acercó al grupo, los demás niños causaron un alboroto tremendo al contemplar a Malvino, a si lo llamó, porque en esos pocos metros ya había sido bautizado en honor a las islas Argentinas.
Su padre no lograba entender como Fresia que había ido por las Almejas había vuelto con un pingüino, y lo estaba atosigando a preguntas sobre si le permitía quedárselo y curarlo. Esta situación ameritaba una charla más profunda para poner en real dimensión lo que significaba tener a ese animal en casa.
Lo primero que su papá le preguntó fue cómo se las arreglaría para darle de comer, a lo que Fresia le contestó, que vendría a pescar todos los días para llevarle lo peces para su alimentación. Rápidamente agregó que con el carrito de los mandados le traería agua de mar sin así molestarlo para que la trajera él con el auto. Además le enseñó la patita del animal que no se veía nada bien, por lo que le pidió que la ayudara a curarlo.
El padre de Fresia comprendió que si no aceptaba era una muerte segura para el animal, por lo cual accedió, pero dejando en claro que serían solo esos días del invierno y no lo traería a la ciudad. El grito y el salto de Fresia se escucho hasta en la playa vecina.
Llegaron a la casa y se dedicaron a curar la pata de Malvino, con dos palitos de helado el padre la entablilló y sujetó con una venda, luego lo amarró con una cuerda atada a la pata sana por un lado y por el otro al pilar del porche.
Todos los días Fresia partía hacia el mar para obtener la comida de Malvino como se lo había prometido a su padre, cosa que no era nada fácil, porque no todos los días conseguido su cometido.
La noticia de la mascota de Fresia corrió como reguero de pólvora por todo el pueblo, y la niña no salía de su sorpresa cuando veía que llegaba gente desconocida con una bolsita con peces y se la entregaban para Malvino.
Los días pasaron y Malvino primero se paró y después caminaba con su pata entablillada haciendo las delicias de los chicos del vecindario que venían a contemplar su andar Chaplinesco, como comía de la mano de Fresia y como se dejaba mojar con el agua de mar.
Ya restaban solo tres días para volver a la ciudad cuando uno de los vecinos vino apresurado a avisar al padre de Fresia que desde el muelle se veía pasar un grupo de pingüinos, el padre miro a la jovencita y ella comprendió que era el momento de que Malvino volviera con los suyos, ambos corrieron hacia el auto llevando al pingüino y se dirigieron a la playa. En el trayecto la jovencita le quitó las vendas y tablitas de la pata, pues estaba ya bastante repuesto, luego descendió en la playa acercándose a la orilla acarició su cabeza y lo bajó en el agua. Malvino sin más, se internó en el mar zambulléndose en cuanta ola se le acercaba. Los ojos de Fresia estaban húmedos de lágrimas y agua de mar, pero felices de haber ayudado a Malvino en esas vacaciones.
Cuántos recuerdos habitados por esas vivencias de los niños se forjaron en esos días!, Tantos, que hicieron que aún después de muchos años, cuando se encontraban, apelaban a ellos como la evocación de los más gratos momentos de la infancia.
Tantos han sido que alcanzaron para armar los relatos, que en las noches, les contaron a sus propios hijos.
FIN