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En este blog intento compartir mis letras. Ellas conjugan mi experiencia de vida, de trabajo, mis sueños y mis deseos.

Confío en que podré generar un espacio de intercambio entre Uds. y yo, que medie la distancia y nos abrace en esta relación maravillosa que se da entre escritores y lectores.

Mi nombre es Nancy Graciela Nasr, y aquí les presento mi pasión...

viernes, 20 de mayo de 2011

La Loca

Caminaba como ostentando  una edad que ya no tenía, zapatillas balerinas con soquetes cortos enmarcaban sus tobillos. Venía desde lejos, allá donde se termina el pueblo. Vivía en un rancho que era un milagro que todavía estuviera en pié.
Tenía actitudes y ademanes como una adolescente de dieciocho años, en realidad nadie sabía muy bien cuantos tenía, pero juraría que al menos triplicaba esa edad.
Su ropa de colores brillantes, como protagonista de película de los años cincuenta parecía sacada de un set de cine.
Ubicaba su mirada siempre  a un lado y por detrás de tu hombro de manera que sea imposible contemplarla ni saber lo que estaba sintiendo. Nadie se explicaba como no se caía pues caminaba como si un hilo la halara desde la columna a la altura de su cintura, provocando que los talones nunca tocaran decididamente el piso, inclinando su torso en actitud exploratoria, intentando ver más allá, a lo lejos, algo  o alguien que nunca llegaba.
Daba la sensación de estar en el pasado en otro tiempo, donde las tormentas no la asustaban donde los ruidos no  estremecían su figura, y desataban un temblor casi panicoso.
Los domingos por la tarde la veías caminando por la calle que linda las vías hasta llegar a la estación del ferrocarril.  Allí la encontraron aquel domingo… repitiendo aquel nombre Noe…Noe… acurrucada en el piso junto al último banco del anden. Desde aquel día siempre volvía a ese lugar.
La vieja más vieja del pueblo dice que había dado luz un día tormentoso, pero nunca se encontró el niño o niña, nunca se supo. Otros decían que había nacido así, como ausente, y los peores los más dramáticos, decían que su madre y su abuela también eran como ella, “locas”.
Su mano izquierda siempre apretaba algo que pendía de una cinta muy sucia y descolorida que en un tiempo debió haber sido roja.  Nadie nunca pudo  ver, que escondía en su mano, hasta hoy.
El guardia de la estación llegó a tiempo a tomar su puesto, miró  a lo lejos y contempló su figura recortada a contra luz. El sol del atardecer tiraba sus últimos rayos casi paralelos al piso del andén. Juan miró su reloj, un tren rápido a lo lejos acercaba sus vagones,  pasando a toda máquina  por donde  estaba sentada, pero ella ni se movió, ni siquiera levantó su cabeza para  seguirlo con la mirada como acostumbraba. Juan, el guardia miró extrañado y no pudo resistir más la duda; decidió acercarse hasta el último banco del andén…
Ella estaba inmóvil, pálida; su rostro rígido recostado sobre el banco dibujada una mueca que se diría casi una sonrisa. Debajo de su cara su largo y delgado brazo izquierdo  extendido sobre la madera, como si su mano quisiera tocar el sol. Su mano por fin  abierta había dejado escapar una medallita en la que se veían seis letras y una fecha grabadas, N O E L I A, 22-6-76.
Según cuenta la vieja más vieja del pueblo  ese día nació su niña.

Nancy Nasr
(Derechos Reservados)

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